martes, 12 de abril de 2016

Fueron verdaderas testigos del dolor más crudo


El día 2 de abril, "Día a Día", de la ciudad de Córdoba, publicó en su versión digital una entrevista a UNA VETERANA DE GUERRA DE MALVINAS. Dicha nota estuvo a cargo de Lucía Pairola

         En esa publicación  desarrolla la actividad que realizaron nuestras veteranas aeronáuticas, quienes se habían desempeñado como enfermeras e instrumentistas atendiendo y sanando cientos de heridas de los soldados desplegados en Malvinas. Transcribimos parte de las expresiones vertidas en la misma: 

              La veterana de guerra    entrevistada fue Stella Maris Botta, quién  como casi todas ellas, calló  por  años, un poco para olvidar y   otro  poco  por  ser olvidada. Es cordobesa, oriunda de Villa María, y como otras enfermeras de la Fuerza Aérea sirvió al país en la Guerra de Malvinas.




            “No sabíamos mucho, éramos algo inconscientes, con temores e ideales. Pero lo que sabíamos era que teníamos que ir a cuidar y ayudar a los compatriotas”, trató de describir Stella por qué dio el “si” a ser voluntaria 34 años atrás. Llena la mesa de fotos y la historia comienza a desandarse, con la misma delicadeza con la que se limpia una herida que duele.

          Tiene 56 años, está casada y disfruta de sus tres hijos. Hace muy poco que comenzó a compartir lo que vivió: “Fuimos más que enfermeras. Fuimos madres, hermanas y amigas”, reconoce mientras junto a Día a Día rasga el escudo que la protegió del horror: “No le conté ni a mis hijos. Yo soy así: lo que me duele lo tapo y sigo adelante. También descubro que me faltan palabras para relatar eso que sucedió”. Sueño y pesadilla. 

         Formó parte de las primeras promociones de mujeres en la Fuerza Aérea Argentina –  institución pionera en incorporar al sexo femenino entre sus filas–. “Siempre quise ser soldado, pero era imposible para nosotras. Entonces estudié enfermería y sin querer fue la puerta que me abrió el sueño”, comparte.
Y pasado el tiempo, viviendo en Córdoba en mayo del ‘82 llegó la inesperada convocatoria: “El corazón me latía muy fuerte y el Comodoro nos preguntó quién quería ir a la guerra. Viendo que nadie decía nada, yo respondí que sí”, cuenta Stella.

            Ella reconoce haber experimentado una mezcla de felicidad con ingenuidad: ”Yo sólo pensaba en mi sueño, pero nunca me imaginé lo que era vivir de verdad una guerra”, confiesa.
Y así, con sólo 23 años se embarcó hacia la zona de conflicto en el Hospital Reubicable de la Fuerza Aérea Argentina en Comodoro Rivadavia. “Vivíamos en tinieblas, sin luz porque evitábamos los bombardeos. Cuidábamos nuestra vida y la de los soldados heridos”, describe Stella.

          Recuerda que tenía la función de recibir en el hangar a los soldados trasladados en aviones para ser atendidos. “Curamos muchas heridas físicas pero nada se comparaba con la heridas del alma, el miedo y la soledad”.
A su regreso, como todas las mujeres de Malvinas, quedó en el silencio y en el olvido. Ellas sufrieron los mismos problemas que los hombres, las pesadillas, el estrés post traumático y el abandono.

                         Ellas han sido esa dulzura invisible que salvó a muchos del terror en medio del dolor.

          Stella Maris Botta tiene 56 años. Se recibió de enfermera en el Profesorado Gabriela Mistral de Villa María. Ingresó a la Fuerza Aérea Argentina hasta 1982. Actualmente sigue sirviendo como personal civil.
En el 2012 se unió a la misión de los Cascos Azules en Haití para ofrecer sus servicios como enfermera.
Sueña con volver a viajar.[1]

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