viernes, 19 de octubre de 2018

El empleo de las formas femeninas no debe perjudicar la inteligibilidad ni la legibilidad del texto

Una de las constantes de cualquier lengua viva es su capacidad de cambio, la facilidad con la que admite palabras nuevas, provengan de donde provengan, para describir realidades, valoraciones, etc., así como la capacidad de desprenderse, al menos en el uso cotidiano, de palabras que ya no son necesarias. La lengua, siempre en tránsito, presenta también a veces la posibilidad de denominar una misma realidad de maneras distintas. Así, en la actualidad, se constata que conviven las formas “la jueza” y “la juez” (ya por fortuna casi totalmente abandonada la forma “el juez” para referirse a una magistrada; algo parecido ocurre con las denominaciones “la jefa” y “la jefe”). [1]

Corría el año 1977, cuando hubo una polémica en la prensa sobre la manera en que debía hablarse de Margaret Thatcher. Algún medio decía que se la tenía que denominar “primer ministro”, para  otros la expresión adecuada era “primera ministra”. Actualmente creo que ya nadie duda que la forma más adecuada es “primera ministra”; la sensatez, el sentido común y el uso se han impuesto.

En castellano y en general en las lenguas románicas, tanto la forma femenina como la masculina se acostumbran a formar añadiendo una derivación a la raíz.

Aunque a veces, se oye el tópico, especialmente cuando se habla de oficios, profesiones y cargos, de que el femenino se forma a partir del masculino, es decir, se percibe o se da como cierto que el masculino es la base sobre la que se forma cualquier otra forma, ninguna razón lingüística permite afirmarlo. De hecho, hay masculinos que se forman a partir del femenino: hay primeras documentaciones, tanto de oficios ejercidos tradicionalmente por mujeres como de otros términos, que se hallan con la forma femenina y solamente en documentos posteriores se encuentra la masculina.
Si se repasa la aparición de algunos oficios a lo largo de todos los diccionarios académicos, se puede comprobar que a veces aparece primero el femenino que el masculino. Es el caso, por ejemplo, de Costurera queda definida así: “La que tiene por oficio el hacer ropa blanca”, aparece ya en el Diccionario de Autoridades de 1729, mientras que la forma masculina no consta hasta el diccionario de la Real Academia Española de 1780, “Costurero: Lo mismo que sastre”.
Parece normal que, si una actividad era más practicada por las mujeres (quizás en un principio sólo por las mujeres), la denominación se creara en femenino. Parece también más lógico que los nombres de algunos oficios se crearan en femenino y de este género se derivase un masculino, que al contrario, si es que de oficios practicados por el sexo femenino se trataba. Realmente, cuesta imaginar que para un oficio femenino se creara primero la denominación en masculino para luego, a partir de ella, formar el femenino.
Sería como pensar que se hubiera podido crear la palabra “chip” o “disco compacto” para tenerlas “preparadas” para cuando aparecieran dichos artilugios.
Isabel Torrente Fernández[2] nos habla de la existencia, ya un siglo antes, en el XIII, de “gordoneras”, “alfayatas”, “sastras”... En fin, historiadoras, profesionales y casos que muestran que las denominaciones de oficios en femenino no son ni un capricho pasajero ni una moda extravagante ni un invento de última hora.

La implantación del empleo de las formas femeninas no debe perjudicar la inteligibilidad ni la legibilidad del texto. En este sentido se recomienda no abusar de formas que no tengan un paralelismo o no se usen en la lengua hablada (“Se necesita arquitecto/a”, “Se necesita un(a) profesor(a)”).

Por otro lado, es bueno repasar que  las palabras genéricas lo son independientemente de su género gramatical; así, un término femenino como “persona” incluye cualquier experiencia humana al margen de su sexo o la forma masculina “alumnado” engloba tanto la experiencia de alumnas como de alumnos.

[1] Eulalia Lledó Cunill. (2006). Las profesiones de la A a la Z.  Instituto de la Mujer, Madrid.
[2]  Isabel Torrente Fernández. “Algunas consideraciones sobre la mujer en el medioevo asturiano”, pp. 35-
53, en Estudios históricos y literarios sobre la mujer medieval. Mª Eugenia Lacarra y otras. Málaga: Diputación provincial de Málaga, 1990.

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